//-------------------------------------------------------// On the blade of the sword-En la hoja de la espada -by Something- //-------------------------------------------------------// //-------------------------------------------------------// En la hoja de la espada //-------------------------------------------------------// En la hoja de la espada I Entre los entendidos se cuenta la historia de un hombre, un antiguo alquimista, que elevarse hasta ser un dios, y de cómo casi aniquiló lo que construyó y quiso. Se dice que, ya desde mucho tiempo antes, hubo quienes desearon alzarse sobre la tierra y domarla, desde que una pareja quiso igualar al Creador tomando lo que no debían. Lanzados hacia la Muerte, los hombres se alejaron de su cobijo eterno, y comenzó su sufrimiento, pero no se detuvo su anhelo: oscilando entre el horror y la fascinación ante el Misterio, un continente infinito que se debía conquistar. Empresa fatal e interminable. Y, como en todas las historias que trascienden y se convierten en leyendas, hay ascensos y caídas… Fracasos que dejan heridas imborrables y que se tapan para que el tiempo no las oree, creyendo que desparecerán pero que, tras el ascenso, inmortalizan su nombre en su ruina. Quizás sirva de ejemplo a quien la oiga. Cada uno podrá ver esto como una moraleja. Como sea, se cuenta que… II De antiguo existían quienes convertían los elementos, los alquimistas, precursores de los científicos modernos. Experimentaban día y noche tratando de descifrar ese enigma, el Misterio de la Naturaleza. Y por supuesto hubo quienes desearon más: la Piedra Filosofal, capaz de convertir en oro todo metal innoble y dar vida a cuerpos muertos o inanimados. Mas solo uno realmente lo logró. Un espíritu curioso, normal para los grandes de nuestros tiempos, pero impertinente y pecador entonces, abría cadáveres de personas y animales, a gusto y destajo, dilucidando los ejes corporales de la vida. Era médico y experto en artes peligrosas. Los pasos de alguien por el pasillo lo alertaban. Un día vendrían a buscarlo. Por impulso nervioso sacaba, de algún lugar increíble, una sábana y cubría su trabajo. El proceso se cernía sobre sus espaldas. Podría llegar en cualquier momento y llevarse su cabeza. III Cada día era una intensa reflexión. Desde la parte más pequeña de la materia hasta la totalidad de la creación. Siempre fue poco lo que resolvía, pero nunca quiso quedarse en el camino. Como bien decía un literato: Es más importante el camino que la posada. El padecimiento estaba más allá de solo un castigo divino a su entender. Obsesivo y temerario, niñez y adolescencia fueron un libro de preguntas sin responder. Para su desgracia, se llevó una paliza paterna por preguntar demás. Fue tal la indocilidad que el padre resolvió enviarlo a la milicia municipal, con la esperanza de corregir su boca impertinente. No fue el caso. Todo pasaba enorme, y no lo veía a él. Fueron búsquedas y caídas. Pero el espíritu es un animal salvaje y descarriado que se resiste. IV Pasaron los años y la curiosidad se transformó en experimentación. Tras un duro y humillante paso por la milicia, entró a la escuela de medicina de la ciudad, libre de cualquier control clerical y de gran renombre en todo el continente. Desdeñosos de la filosofía imperante, ávidos de palpar y ver, el alquimista halló su nicho. Así, abrió cuánto cuerpo podía. Los nervios, la sangre, los músculos, los órganos… Leyó a un antiguo médico de seiscientos años antes que él, y comparó descubrimientos. La duda corroe. No tuvo mayores inconvenientes para conseguir más especímenes, su riqueza era holgada, mucho para la época y más tras el fallecimiento de su padre. Si no estaba en la escuela médica, indagaba en su residencia, un viejo fundo contiguo a la ciudad. No importaba si eran cuerpos animales lo que tenía mano. Y no contento con eso, combinó sus vastos conocimientos anatómicos con la alquimia. La pasión por conocer el universo y sus secretos lo llevaba por un camino abrupto y oscuro, cuyas tinieblas debía disipar. V Encontró lo que muchos desearon. La fortuna le sonreía: la piedra filosofal. Todos los metales vulgares se convirtieron en oro. Su patrimonio se incrementó. Para no llamar la atención de curiosos, potenciales ladrones y, por sobre todo, a un clero reticente contra las prácticas contrarias a la fe, evitó gastar en demasía. ¿Pero quedaría solo en eso? La había encontrado y quizás qué usos podría tener. Pero no sería lo más importante que se hallaría. VI Dos. Uno por cada lado. Un unicornio desde el norte; un pegaso desde el oriente. Era la época en que se creía en estos seres. Él, aun cuando siempre dudaba de todo, no lo ponía en tela de juicio. El unicornio lo halló en un viaje al norte: un viejo obispo requería de sus servicios y terminado el trabajo, bajó al pueblo. En la feria, muy comunes por entonces, lo halló. El vendedor, un campesino pobre, decía haberlo capturado en los bosques cercanos. No faltaron los que creyeron que era un engaño. “Perfectamente a un caballo se le podía pegar un cuerno de madera”. Cuando ya terminaba el día se acercó al campesino. Pidió tocar al animal: - Tenga cuidado, se asusta. Casi me perfora con el cuerno cuando lo encontré. Lo tengo bien amarrado-. Como buen anatomista, lo examinó. Se ganó su cariño con algo de fruta. Notó que el cuerno no era pegado: salía de su cabeza, creciendo directamente desde el cráneo. Lo compró sin siquiera negociar el precio. Un alma obsesiva por conocer, más aún si se trataba de un animal mítico en frente, no podía dejar pasar una oportunidad así. Volvió desde el norte con el equino encapuchado, para que no fuese visto por nadie. VII El pegaso llegó muy poco tiempo después. Dos especímenes raros de seguido. Dios debía habérselo enviado. En el puerto, un comerciante del oriente lo había traído para impresionar a los comensales de la ciudad eterna. Para su desgracia, el barco en que llegó fue el único que sobrevivió a las tormentas del trayecto.  Malhumorado, mandó a bajar el potro cubierto por una pesada silla de montar y envuelto en cuerdas. El equino se resistió durante la descarga, y en un intento de fuga golpeó con una cos al mercader, quien torpemente se había colocado detrás del animal. El golpe fue severo. El alquimista acudió a tratarlo en la posada. Tras haberlo sedado parcialmente, le consultó por su estado. – Me golpeó esa cosa endemoniada- respondió el mercader notablemente sedado- Una rareza: un pegaso. Realmente una maldición. Primero pierdo todo al llegar aquí, y lo que me queda rescatable me apalea. Costó mucho captúralo en las montañas. ¡Lo voy a mandar a sacrificar!- Una oportunidad así es irrepetible. El alquimista preguntó si podía verlo. Un empleado lo llevó al establo donde lo tenían amarrado. En secreto, y pese a su resistencia, lo lograron llevar hasta el fundo del médico. Allí corroboró la veracidad de sus alas, cuando el potro alzó el vuelo pero se vio imposibilitado de seguir por las cadenas que lo amarraban al suelo. Haciendo gala de su cuantiosa fortuna ante un vendedor arruinado, el alquimista se hizo con el pegaso. VIII Rostros finos. Puestos lado a lado se quedaban calmos. Todo lo contrario a lo que había sido el traslado de cada uno. En el establo de su mansión, los amarró, cuidando de que no huyeran. Pero no fue extremo, y procuró que la cadena fuese tan larga que se esparcieran lo suficiente para no estresarse. Luego, mandó a construir un establo especial, espacioso, para soltar amarras. Desde luego que mandó a fabricarlo en piedra y fierro, de tal manera que no pudiesen envestir la estructura y huir. Más tarde, se le ocurrió ponerle un cinturón de hierro a cada uno, de tal manera que el peso les impidiera correr o volar. Aunque siguió dedicado a sus labores como profesor en el colegio médico, el alquimista trató de concentrar su tiempo en los caballos. Noche y día pasaba estudiando sus comportamientos. Y para asegurarse de no tener problemas, prohibió a sus criados hablar del tema. A cambio los llenó de oro, cortesía de su piedra. IX Mucha luz de Faetón alumbra a las mentes prodigas. El alquimista logró cruzar ambos equinos, y su ambición de tener un criadero de híbridos de pegaso y unicornio creció. Con la esperanza de cruzarlos les dio el mejor cuidado que le fue posible. Desde luego que no fue poco, dado el oro que creaba. X Encerrados en su establo, los equinos dormían. Su cielo iluminado se opacó con nubes de tormenta. Un estruendo remeció la hacienda. Y desde su habitación, sin dormir – experimentando como siempre-, vio con horror incendiarse el establo: un mal relámpago le había caído. A velocidad de rayo, como el que golpeó, llegó al establo en llamas. Gritó ordenando a los criados que ayudaran a apagar el incendio y sacar los caballos. Un criado con un hacha destrozó la puerta del establo, pero los caballos no salían. Alumbró la mañana y el incendio fue sofocado. Ya era tarde. En un rincón había tres cuerpos carbonizados parcialmente. El derrumbe de algunas piedras de la estructura les había caído encima, evitando que se quemaran totalmente. Desolado, el alquimista cayó de rodillas frente al dantesco episodio, y lloró desconsoladamente. Como en trance, pidió que trajeran sus herramientas médicas, y con ellas sajó los cadáveres y sacó, increíblemente intactos, los corazones. XI Abandonó sus labores en el colegio médico. Durante días y noches sin dormir y apenas comer, el alquimista trató de volver a la vida a los caballos. Extrajo los corazones, los cuernos y las alas de los cuerpos. Con la piedra filosofal podía sacar el elixir de la vida, aque vitae, que lograría devolverlos. Mandó a faenar varios potros y yeguas, y seleccionó los mejores órganos. Construyó un cuerpo que fuese hermoso, una maravilla de correspondencias, y para consagrar su centro, colocó los dos corazones. Zurció todo con hilos de plata, como si de un traje a la medida se tratara. Frotó sus pies para darse estática, y tocó la punta de una las hebras de plata. Un destello y un estruendo. Arrojado por el impacto cayó al suelo. Desde allí vio levantarse aquello… XII El Todopoderoso creó al hombre a su imagen y semejanza. Aquí no pasó exactamente lo mismo, pero fue similar. Él es la circunferencia por donde todo pasa; el mortal creador solo un punto de partida. Blanca y pura, con cuerno y alada, se asentó en el establo reconstruido. Sería inmutable, a diferencia de los hombres. Para evitar problemas pagó con oro a cada criado para que no abrieran la boca. Cualquier rumor en la ciudad llegaría a oídos del Obispo. Pasaron los días. La yegua tenía una crin sedosa y larga. Color rosa  y celeste. Anómala característica, pero no era más llamativo que sus aditamentos. XIII A la luz de las lámparas arreciaba su dulce sombra. La yegua era tierna y calmada. A medida que pasaban los días más hablaba. Él y su creación interactuaban casi todo el día. Abandonó sus deberes en la escuela de medicina para solo contemplar cómo se desplegaba su fabricación. Dándole los cariños y cuidados que un padre da a un hijo, vivieron apaciblemente durante meses. La bautizó con un nombre honrando a los cielos, por el color cielo de su crin. Pero la paz no duraría. XIV En un bar de la ciudad puerto, un criado ebrio comentó lo sucedido en la hacienda. Como toda información sorprendente, pocos creyeron por venir de un borracho, mas siguió andando de oído en oído, y por efecto de bola de nieve hasta la oficina del Obispo. Arrojarse características divinas es un pecado grave. Más grave lo era entonces, donde la autoridad lo castigaba brutalmente. Un nuevo ser a partir de restos muertos era y es una aberración. Solo el Todopoderoso puede crearnos, y solamente él nos puede quitar la vida. No era de extrañar que en menor de un día, las hachas oficiales rompieron la puerta principal, penetrando hacia el laboratorio en la oscuridad. XV Gran sorpresa se encontraron los oficiales: no había nadie más que unos cuerpos y restos en descomposición. ¿Y a dónde se fueron entonces el pecador y su creación?! Por los cielos, montando sobre la yegua y la espada al cinturón, el alquimista se dirigió hacia el norte. A cualquier lugar donde no lo encontrara la política oficial. El criado le había confesado su falta. Pero ya era tarde e inútil reprenderlo. Con un par de piedras de su producción, se enfiló raudo por sobre las montañas hacia lo desconocido. XVI Cientos de millas recorridas en su última locura. Pisó nieve y el ambiente helaba. Nadie se avizoraba en la zona. La noche era eterna. Algunos bosques complementaban este paraje aislado. Encontraron una cueva y se prendió una fogata. Para tal efecto se hizo valer de algunos artilugios creados por él mismo. Mirando al cielo nublado dijo: Que no nos vaya a caer la nevada y sea lo último de nosotros! Puede quedarse tranquilo Padre mío, yo le daré un sol para calentarnos. La perplejidad fue mayor al horror de quienes supieron del nacimiento del animal: la yegua habló. Y no bien dicho esto, despegó y trazó con su vuelo una aurora. Las nubes se disiparon y la piel blanca de la yegua se iluminó como el sol. XVII El nuevo sol nacido de la yegua marcó la noche del día. Se cercioró el alquimista de que no hubiese nadie más que ellos dos: sobrevolando miles de kilómetros cuadrados no encontraron nada ni a nadie. Paz para el nuevo mundo. Gracias al calor se descongelaron las tierras y los árboles. De las masas de hielo surgieron los ríos y lagos, y los primeros animales se levantaron de su letargo eterno. Con el elixir de la piedra labraron una gigantesca serie de cuerpos con tierra: con el mismo procedimiento que dio vida al bendito animal. Con barro y, para resguardar el sueño de la noche, creó otro equino: una más pequeña, una cría, azulada. Ya imaginarán cómo la bautizó. Para hacer rendir el poco líquido que podía crear, tuvo que encoger sus creaciones. Y así nacieron los primeros ponis. Pero están equivocados si creen que estos son los que viven ahora. Algo pasó en el camino. XVIII Días y noches creando sin dormir. Obviamente un descanso se merecería el alquimista. Se largó a la cueva feliz de cómo la vida creada por él se esparcía por todos los rincones de su nuevo dominio. Infelizmente la ternura y la curiosidad van de la mano. La yegua blanca, interesada en jugar y saber cómo su “Padre” creaba el mundo, tomó un par de piedras con su hocico. Las llevó a un rincón apartado para no despertar al alquimista y les lanzó su magia. Pero algo no salió bien. XIX De las piedras nacieron monstruos de formas inefables. Corrieron por todo el dominio y destrozaban lo que encontraban. Todos los pequeños ponis fueron masacrados por las bestias. Ante el horror, la yegua tomó a su pequeña “hermana” y se escondieron. Su magia no dañaba a esas aberraciones. Los gritos despertaron a un furioso alquimista. Le enfurecía que lo despertasen de su sueño, y al salir de la cueva contempló con estupor el caos. XX La sangre se inyectó en sus ojos y apretó con rabia su mano sobre el puño de la espada. Los años en la milicia volvieron y desenvainó: por todo el territorio donde encontrase un monstruo, con gran destreza marcial, lo descuartizaba. Combatió admirablemente esas aberraciones que amenazaban la paz de su creación. Nunca se vio, ni jamás se volvería a ver en esas tierras, tal furia. Escondidas en un rincón del dominio, la yegua blanca cubría con sus alas a su hermana infante, quien no entendía nada de lo ocurrido por su inmadurez biológica. XXI El mundo se había limpiado. Tres días, mejor dicho, tres noches, y sin dormir, tardó el alquimista en liquidar los monstruos. Pero el daño estaba hecho: ningún poni quedo vivo. Triste y lloroso se preguntaba qué había atraído a las bestias. En el suelo de un cadáver notó, en la boca, una piedra roja. La examinó y sus ojos se volvieron del mismo color. XXII La yegua blanca y la yegua negra salieron de su escondite. Era de noche, pues la yegua blanca no iluminó con su luz. Entonces vieron acercarse a su padre, el alquimista. –Padre mío!- exclamó la yegua blanca- ¿tú has destruido a todos los monstruos? Te juro que no quería que pasara esto-. Desgraciadamente para ella, el alquimista estaba abrumado, furioso y somnoliento. Desenvainó la espada y se dirigió rápidamente hacia ellas. La yegua blanca se dio cuenta de su intención y le lanzó un hechizo, pero fue inútil: él tampoco era vulnerable y simplemente le rebotó como una bala al revestimiento de un tanque. Horrorizada por su destino inminente, trató de emprender el vuelo y huir, pero no tenía como llevarse a la pequeña yegua negra. Llorosa, no supo qué hacer. Ya era tarde. El alquimista estaba frente a ellas blandiendo la espada. XXIII Como si se hubiese congelado, los tres quedaron inmóviles. La yegua blanca lloraba y se lamentaba ante su creador. Pero, por alguna especia de milagro divino, un brillo destelló del metal blandido. El alquimista miró la hoja de su arma: se miró, por primera vez desde hacía mucho tiempo. Con los ojos rojos, sucio, empapado con la sangre de los monstruos aniquilados. La imagen lo asustó y entristeció. Enfundó su arma, y éstas fueron las últimas palabras que dijo: Tu vida, mi hija, ya está asegurada. Mi alma se ha tranquilizado y horrorizado conmigo mismo. Pero nos ha salvado a los dos lo revelado EN LA HOJA DE LA ESPADA!- De su bolsillo sacó la última piedra filosofal que le quedaba. La arrojó al suelo y ésta se quebró en seis partes iguales. No hizo más. Dio media vuelta y marchó en dirección hacia el lugar del que venía. XXIV Dicen que esa tierra floreció y nacieron nuevos ponis, quienes remplazaron a sus infortunados predecesores, pero ya no de la piedra sino de la magia. Los seis trozos fueron convertidos en seis joyas, representando algún atributo de la inocencia animal, verdaderos elementos de la armonía. El mundo floreció y las hermanas rotaban noche y día. Del alquimista nunca se volvió a saber. No se le mencionó en ninguna parte del mito de la creación. Quizás volvió a su tierra para enfrentar el proceso pendiente, y de seguro que ahorcado. Quizás murió en el camino… Quién sabe. Sólo tenemos la certeza que su creación le sobrevivió. Para lo que sería su asombro, pervivieron sus yeguas por siglos.