Friendship Beyond the Clouds, an MLP Novel Book One: Unicorn
The day the sky burned
Load Full StoryNext Chapter“Dicen que hay un lugar donde el viento canta
Un lugar donde la luz es sólida como el oro
Un lugar donde el mal no puede abrirse paso
Un lugar donde el tiempo no te hace viejo”
“Recuerda: nunca volarás si no lo intentas”. Fueron las últimas palabras que escuché de mi madre antes de la terrible batalla que se avecinaba. Una bodega fría, explosiones terribles y disparos que venían desde tierra se escuchaban rozando el casco de nuestra nave. ¿Por qué peleamos? Simple respuesta, al menos es lo que todos los ponis pegasos queríamos pensar: libertad. La libertad que desde hace ya mucho tiempo se había perdido para todas las razas de Equestria, mucho antes de que yo naciera.
Cada nueva explosión que se escuchaba estremecía mi corazón más allá de mis peores miedos de potrilla. Luego: compuertas abiertas, destellos inimaginables que se apoderaban de cada rincón del cielo y después… salto al vacío, en medio de llamaradas, tratando de esquivar cada esquirla que nos arrojan para acabar con nuestras ya de por sí, miserables vidas, aún en medio de todo esto recuerdo la última noche que mi madre me arropó en mi cama: un canto que todavía resuena fuerte en mi memoria, un calor que no he sentido desde hace ya tanto, ese sentimiento de seguridad que solo mi madre podía hacerme sentir, aún puedo verla: la más hermosa pegaso que jamás existió, Ember Rain era su nombre. La suya fue la última cara familiar que jamás vi hasta hoy.
Mi padre, grandioso general de las fuerzas aéreas de New Cloudsdale: Crescent Moon, se veía nervioso, enojado, sin embargo mantenía la calma mientras daba órdenes a sus comandantes, órdenes que jamás entendí, ya que el idioma de los pegasos casi se extinguió hasta estos días; después de decirme sus últimas palabras me regaló los goggles de vuelo que hasta hoy uso en todas mis misiones; siento que él vuela conmigo y de alguna manera –algo ridícula, lo sé- me protege de cada peligro que encuentro; nos encerró a mi madre y a mí en esa bodega junto con muchos otros ponis cuyos nombres y rostros que hasta hoy soy incapaz de recordar. Luego: la terrible explosión que terminó por destruir la grandeza de la última nave del glorioso reino pegaso: El Cielo Dorado.
Fuego, restos de otros ponis, miembros y alas por doquier, gritos y gemidos de dolor y angustia por aquellos que extraviaron a sus seres queridos después del horrible estallido. Mi madre aún me miraba a pesar de tener ese terrible pedazo de metal/nube atravesando su vientre. Me dijo cuánto lamentaba dejarme sola entre todo ese caos y luego las más bellas y terribles palabras que escuché de ella:
-“Recuerda: nunca volarás si no lo intentas”.
Lo último que vi de ella fue cerrar los ojos antes de dejar que una furiosa bola de fuego la consumiera. Corrí y lloré buscando a mi padre, sin embargo fue una tarea vana, ya que entre tanto caos jamás pude encontrarlo.
Llegué a un claro en medio del casco de nuestra gigantesca nave, debo de admitir que hasta el momento jamás había visto fuera de ella más de lo que se lograba ver a través de las pequeñas escotillas de nuestro dormitorio familiar, era una hermosa y gigante nave de un hermoso color dorado que se consumía por las llamas y se veía teñido de rojo por la sangre de otros ponis pegasos que caían sin cesar ante el fuego de los hechizos del enemigo. Al parecer me encontraba en un enorme agujero que daba hacia uno de los rotores principales del fuselaje de estribor. Más allá sólo se veía el resplandor del crepúsculo infinito que daba color al cielo equestriano desde hacía ya tanto tiempo.
Tenía terror de volar, ya que al ser una potrilla que se crió dentro de una nave de metal-nube y madera jamás voló en cielo abierto. ¿Y si un hechizo enemigo me alcanzaba? ¡Estaban matando a todos! No tenían piedad ni de las madres con sus pequeños potrillos en el lomo, ¿qué podía hacer yo ante semejante muestra de maldad e inmisericordia? Cerré los ojos un momento y decidí saltar al vacío, pero algo me detuvo: esos ojos, púrpuras, fríos como el más terrible hielo que jamás conocí en mis peores misiones de altura, mostrando falta una de empatía tal que helaba los huesos y dejaron a mis pequeñas alas inmóviles. Fue la primera vez que la vi, y desde entonces llevo su imagen más grabada en mi corazón y memoria que mi propia cuttie mark; la Emperatriz Sparkle veía la masacre desde su nave imperial posada sobre la derruida y llameante Cielo Dorado a través de su centro de comando de cristal, tan espléndido y brillante, sólo comparable con su castillo principal, en la capital Caterlot.
Esos terribles ojos púrpuras y vacíos, unas alas enormes, más grandes que cualquier otro pegaso pudiera haber tenido jamás, un aura oscura emanó a su alrededor y sus ojos se tornaron en un brillo blanco y terrible; es lo último que vi antes de la explosión final que acabó por destruir la citadela flotante. Vino de la Emperatriz misma, vaporizó a pegasos y uncornios del propio ejército enemigo por igual, yo solo cerré los ojos pensando en mi rápido y terrible final, sin darme cuenta que un pedazo del enorme rotor se desquebrajó y detuvo el calor de la explosión que se avecinaba en frente mío. Sobreviví apenas, sin recordar hasta el día de hoy mi verdadero nombre, una fuerte contusión me impidió recordar cómo me llamaba, además de provocarme fuertes jaquecas hasta este día. Hoy simplemente respondo por el nombre que mi tutor y maestro Sunset Flitter me dio después de que me encontró entre los restos de nuestra caída nave: Dream Gear, un justo nombre para una pequeña que en su momento fue considerada un milagro (a pesar de la fealdad de la cicatriz que hoy ocupa el lugar de mi ala izquierda y la simpleza de mi propio ser, una simple melena color café claro y pelaje beige), al ser la única sobreviviente de aquel cataclismo aterrador que hasta hoy es recordado como la Caída del Cielo.
Flitt, como me gustaba llamar a mi maestro recuerda la manera en la que me encontró cada vez que tengo que soportar las parrandas que goza con sus horrendos amigos, un obeso unicornio cuerno roto desertor de nombre Radd y un anciano y ciego pony de tierra llamado Hazel (el cual siempre tocaba mi flanco con su arrugada y grasienta pezuña, habilidad que hasta hoy no entiendo como tenía):
-“La vi –decía- mientras mi banda de usureros hurgaba entre la chatarra retorcida de la que alguna vez fue el orgullo del Reino Pegaso. ¡Jamás vi nada igual! Nunca pensé que la sed de poder de Sparkle fuera tan terrible. Debajo de una enorme pieza de metal
-(que supongo sería el rotor que acabó salvándome la vida)-, surgió una potrilla flanco blanco de color café claro, melena castaña y uso hermosos ojos color esmeralda. No podía creer que siquiera estuviera completa, ya que entre tanta basura y metal retorcido encontré también los restos mutilados de cientos, si no es que miles de ponis que murieron tras el ataque de la emperatriz. ¡Qué sorpresa más grande y agradable, un rayo de esperanza que encendió mi corazón apagado hace ya tanto tiempo por la crueldad de esta guerra de conquista sin sentido!”
Flitt balbuceaba cada vez más mientras seguía bebiendo ese inmundo licor destilado de… ¿¡aceite de motor y pulpa de cactus!? Sin embargo, entre esas palabras retorcidas, blasfemias y maldiciones siempre surgía esa frase que dejaba a mi cabeza revoloteando en pensamientos de esperanza:
-“Era como si las diosas hubieran querido que viviera, ¡fue un milagro encontrarla casi ilesa después debajo de semejante pieza de metal!
Y en efecto, Flitt me encontró debajo de un enorme pedazo de engranaje, del cual, al desconocer mi verdadero nombre (aunado a mi incapacidad de recordarlo por mi propia cuenta) y con mi vestimenta casi intacta: Una capa de color verdoso, un pequeño traje aislante y mis ya característicos goggles de vuelo. Claro, omitía siempre la parte en la que mi pequeña ala izquierda tuvo que ser cortada por el mismo para liberarme del abrumador peso de aquella mole metálica. –“Ya estaba perdida, mi niña”, me decía siempre en ese odioso acento sarcástico que utilizaba siempre para molestarme. ¿Pero qué podía hacer yo? Amaba a ese viejo bastardo, era la única familia que tenía después de todo en este pequeño y a veces mísero pueblucho en medio del desierto, perdido en el territorio de lo que alguna vez fue la gran Appleloosa, o al menos, así se llamaba, según me dijo el viejo Flitt.
Días y años pasaron desde la Caída del Cielo, dieciséis para ser exactos. Pasaba mis días aprendiendo el oficio de los ponis usureros: recolectar chatarra y tratar de construir algo útil con ella para venderla, algo difícil en estos días, ya que la campaña de conquista de la Emperatriz abarcaba a casi todo el mundo, habían rumores de que había conquistado pueblos de los cuales ni siquiera sabíamos de su existencia: renos, cebras, yaks, changellings; toda clase de cuadrúpedos imaginables habían sido descubiertos y conquistados por la pezuña de hierro de la terrible gobernante. Todas las razas, excepto los dragones de antaño, (representados en heroicas pinturas que de vez en cuando encontrábamos entre los escombros de las batallas), que prefirieron ser exterminados en la guerra a ser sometidos a una tonta y “linda” pony púrpura.
Todas, menos las que habitábamos en este pequeño pueblo; parecía estar perdido en la nada, una especie de rotura en la realidad parecía envolvernos, era un lugar alejado y sin reglas, fuera de los límites del régimen, o al menos, no era del interés de la Emperatriz el poseer nuestras ya sofocadas almas gracias al calor que el sol perpetuo, atrapado entre el día y la noche en este crepúsculo sin fin.
Gracias a esto pude el tiempo suficiente para cumplir mi más grande anhelo: volar. ¿Pueden imaginar un pegaso que jamás haya volado en su vida? Bueno, pues aquí había uno; el cual era motivo suficiente para ser la burla de los asquerosos amigos de Flitt. Al menos tenía un punto a favor: jamás intentaron abusar de mí (ya que las hembras limpias eran raras en estos días), al parecer mi deforme ala izquierda era lo suficientemente desagradable para evitar que algún semental volteara siquiera a mirarme ¡Gracias a las diosas!
La vida pasaba, a veces podíamos construir cosas útiles, artefactos de defensa personal era lo más solicitado, claro, siempre y cuando nunca lo utilizaras contra los soldados de su Púrpura Majestad, ellos podían fácilmente vaporizarte sin siquiera mover una pezuña. Los materiales más preciados eran los de los cañones, metal-nube reforzado capaz de soportar explosiones, cuchillas y algunas ballestas que pudieran ser producidas siempre y cuando tuviéramos materiales flexibles para las cuerdas tensoras. Alguien alguna vez intentó utilizar intestinos de ponis muertos para ese propósito, sin embargo era además de asqueroso (y en mi propio pensar, blasfemo), poco práctico, ya que las cantidades de cadáveres carbonizados y en terrible estado que abundaban después de cada batalla hacía casi imposible encontrar un buen trozo de intestino intacto. Así que me puse a trabajar; el viejo Flitt me enseñó bien el oficio de la mecánica y la ingeniería, así que entre mis curiosas maneras de experimentar encontré algo que me llamó mucho la atención: el bazago restante de la destilación del asqueroso licor que los ponis usaban para intoxicarse podía usarse para fabricar cuerdas tensoras muy resistentes, después de un proceso de calentamiento y secado al humo. ¡Y vaya que teníamos humo! Los hornos humeantes de fundición que usábamos para derretir los metales de la chatarra eran suficientes para producir las cuerdas más resistentes. Flitt me premió por mi descubrimiento dejándome dormir junto a nuestro pequeño horno de fundición dentro del taller, si, dormía casi siempre fuera de casa, según aseguraba mi mentor, porque no era lo suficientemente pegaso o poni terrestre para tener una vida cómoda. Debo admitir, pasé muchas noches sollozando, anhelando aquella cama cálida y ese último beso que mi madre me dio la noche anterior a la Caída del Cielo. Sin embargo, tardé un poco en recapacitar; Flitt era un semental solitario, e indudablemente con necesidades; ¡las diosas me aparen si algún día aquel viejo bastardo me pusiera la pezuña encima, no sería la mejor manera de entrar al mundo de la adultez! Vaya, hasta que alguien se preocupaba por mi seguridad después de tantos años
Pasé de ser una simple ayudante a aprendiz de ingeniera, o mejor dicho, la que hacía todo el trabajo. El negocio de las cuerdas para ballesta prosperó un poco, lo que me permitió en mis ratos libres comenzar a diseñar un artefacto que me permitiera alcanzar mi más grande sueño: ¡volar! Ilusa, de saber lo terrible que ese sueños e convertiría, ¡una pesadilla digna del tártaro! Pero en ese tiempo era una potra adolescente, con más ceso para la mecánica que sentido común.
Un día llegó una transmisión codificada de uno de los informantes más allá de la frontera del desierto; una nueva batalla había acabado con más naves enemigas. ¿Se imaginaría la diosa del sol la gran sorpresa de saber que aún existía en estas ya perdidas tierras alguien que se atreviera a levantar su casco contra la Emperatriz? Y mayor fue mi sorpresa cuando me enteré de quien se trataba: ¡pegasos, antiguos refugiados en el extinto Imperio de Cristal del norte!, cansados de soportar una vida de esclavitud a cambio de unas cuantas migajas del régimen se levantaron en rebelión. Construyeron máquinas de guerra e intentaron luchar por una vida más digna. Pensé que estábamos casi extintos, mi corazón se desmoronó al pensar que nuestra perdida raza había sufrido aún más bajas ¿cuántos más de nosotros quedábamos en este mundo? ¿Era realmente nuestro destino desaparecer simplemente por ser una raza guerrera que se reusaba a ser esclavizada? Me indigné más aún cuando conocí el hecho de saber que muchos de nosotros estábamos siendo esclavizados por la terrible monarca para pelear sus sucias batallas.
Al escuchar lo que Flitt, Rad y Hazel platicaban antes de partir a una nueva excursión en busca de materiales acerca de los miserables pegasos que tontamente luchaban por libertad recordé lo que me enseñaron de potrilla: la libertad vale lo suficiente para morir mil veces por ella. No pude soportarlo más. Salí de mi pequeño puesto junto al horno de fundición y comencé a gritar de furia, los tres infames compañeros enmudecieron al escuchar mis palabras:
-¡Bastardos inmundos! ¿Se imaginan acaso el dolor que mi pueblo ha sufrido a causa de esa yegua horrenda a quien llamamos nuestra monarca? ¡Yo viví la Caída del Cielo en carne propia y éste infeliz (señalando a Flitt con mi pezuña) me cortó el ala y me privó de mi sagrado derecho de morir junto a los míos en aquel día…-
No acababa de hacer mi rabieta cuando sentí el casco de Flitt chocar contra mi rostro.
-¡Imbécil mal agradecida! –gritó con una voz tan ronca y profunda que erizó mi castaña crin- ¡Cómo puedes decir semejante estupidez sabiendo los años que te he alimentado y cuidado! ¡¿Sabes acaso la cantidad de veces que estuvieron a punto de utilizarte como juguete antes de devorarte debido a las hambrunas que hemos pasado en este miserable pedazo de tierra que llamamos hogar?! Lárgate si no te parece nada de lo que decimos, no necesito una compañía tan irritante como tú!
Callé de impotencia, mientras las lágrimas empapaban mis mejillas al recordad el dolor de mis iguales al ser masacrados por el ejército púrpura. Corrí fuera del taller que hasta el momento había llamado hogar, corrí fuera de los límites de nuestro pueblo, atropellando y pasando encima de todos, sin importarme siquiera que algún potro intoxicado pudiera arrastrarme a algún callejón oscuro, en ese momento no me hubiera importado sufrir el más humillante de los ultrajes, con tal de olvidar el dolor que me causaban las palabras del que, hasta ese momento había sido mi mentor, mi padre; ¡mi única familia, rayos!
Corrí fuera del pueblo, a los límites que me eran prohibidos atravesar, Flitt sabía lo de mi problema de memoria, mis constantes migrañas y la muy alta posibilidad de perderme en el yermo infinito que se extendía ante mí. Suerte que en mi rabieta cupo algo de razón y no me atreví a ir más allá de donde la simple vista me permitía distinguir las antorchas que iluminaban la oscurecida villa en la muy breve noche que el crepúsculo eterno permitía cada cuando.
Pasé la noche en meditación, los pensamientos abrumaban mi cabeza, la frialdad con la que mi mentor me había rechazado me hizo dudar de la poca bondad que aún quedaba en el mundo. No sabía qué hacer, así que comencé a llorar de nuevo, hasta que el sueño me venció.
No pasaron muchas horas desde que me desmayé, un estruendo me despertó de mi letargo de tristeza, me levanté lo más rápido que pude solo para ver lo más terrible que mis ojos habían visto desde el tiempo en que Flitt me encontró entre los escombros: un resplandor entre rojo y púrpura en el cielo que se acercaba hacia nuestra horrible villa… Flitt y sus amigos estaban junto a mí en ese momento, sin saber que decir, simplemente asentí:
-Yo….
-Levántate –replicó Flitt- tenemos que irnos, de alguna manera, nos encontraron
Estaba en shock, no podía creer que aún este miserable pedazo de tierra fuera de importancia para nuestra monarca…
-No es posible –exclamé- cómo es que después de tanto tiempo vienen para conquistarnos, siempre hemos trabajado aquí, además….
Sentí una terrible bofetada por la cual casi me desmayo de nuevo, mis ojos estaban empapados en lágrimas.
-Tenías que ser una potra necia, justo como nuestro comandante… ¿Acaso no sabes quién eres ni el tipo de magia que encierras dentro de ti? –Flitt me respondió de la manera más tranquila, pero nerviosa que le era posible. –Si supieras la capacidad de la magia que posees, podrías acabar fácilmente con todos los acorazados enemigos que nos rodean en este momento…
No acababa de decirme esas palabras que hasta el día de hoy no he comprendido, cuando la primera explosión sacudió nuestro pueblo. Cientos de pequeños artefactos voladores bajaban de los enormes acorazados voladores, todos ellos tripulados por unicornios acérrimos a morir por su emperatriz, equipados con garras y ganchos cuyo único propósito era llevarse al mayor número de rehenes posibles; no podía creer tanta maldad, tanto caos, tanta sed de poder.
-Han venido a buscarte pequeña –dijo Hazel mientras sonreía y afilaba un enorme cuchillo- Los elementos son escasos, según se. Sólo hay seis de ellos, si no me equivoco, y tú tienes uno en ti, con razón tu padre nos encomendó cuidarte como hasta ahora, jajajaja, si supiera lo problemática que su pequeña sería para todos nosotros…
No acababa de decir sus despreciables palabras cuando otra explosión, mucho más cercana nos sacudió, casi quedé inconsciente, mientras con mi nublada vista veía como los 3 camaradas se sacudían y parecían pelear contra unas máquinas que los superaban en casi todas sus habilidades, Flitt, ensangrentado me empujó hacia una cueva que estaba bajo una pendiente cercana a mí, lo último que escuché de el en ese momento fue:
-“Recuerda, nunca volarás si no lo intentas”.
Mucha sangre salió de su boca, algo de ella me cayó encima, me aterré y antes de que pudiera decir algo me golpee con una roca en la cabeza y me desmayé.
Cuando logré abrir los ojos me percaté que me encontraba en una jaula en las alturas, estaba muy aturdida, no podía discernir los acontecimientos que se desarrollaban en ese momento, sólo pude voltear y ver a otros miembros de mi comunidad aterrados alrededor mío, entonces un dolor terrible me aquejó: mi ala mala estaba rota, de mi cráneo fluía un río de sangre y al verme a tal altitud sobre mi antiguo hogar sólo pude gritar:
-¡Sunset Flitter!...¡¡¡Flitt!!!
Ya pasaron casi 5 años desde ese entonces… ¡Carajo! Hay veces que justo antes de misiones como esta anhelo con todas mis fuerzas el haber muerto en ese yermo seco junto con muchos otros, al menos eran conocidos, no estos bastados miserables que me rodean justo antes de saltar al fuego… Lo único que me motiva a hacerlo y no dispararme en la cabeza justo antes de saltar es mi objetivo; debo encontrarlo, ¡a como dé lugar!
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